miércoles, septiembre 22, 2021
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Lo más importante

Un hombre fue a ver a su maestro para hacerle una consulta. Le contó, abrumado, que estaba teniendo muchos contratiempos en sus negocios, que reaccionaba mal por cualquier tontería, que padecía insomnio, que la comida le caía mal y, por si eso fuera poco, que estaba peleando a menudo con su esposa. El maestro escuchó atentamente, mirando el piso, cómo su discípulo se quejaba de sus problemas. Cuando el hombre dejó de lamentarse, el maestro siguió unos minutos en silencio, mientras miraba el cielo, entornando los ojos. Suspiró y le dijo:  

Voy a anunciarte algo. Acabo de consultar los astros y pude ver que te vas a morir. 

—¡¿Cómo?! —preguntó alarmado el hombre. 

—Sí, lo siento. Lamento darte esta noticia, pero te vas a morir. Estoy seguro de ello

—Pero es imposible… Si estoy sano, no tengo ninguna enfermedad…  

El sabio lo miró con afecto y le explicó que para la muerte no hay razones ni argumentos.  

—La muerte no avisa. Uno se muere de golpe —le dijo, y enseguida agregó, sin piedad—: Es una pena, porque eres joven… Sin embargo, te vas a morir la próxima semana. Para ser más preciso, será el viernes, a las seis de la tarde, cuando comience a caer el sol

Tras la conversación tan descarnada, el hombre caminó despacio hasta su casa, muy perturbado. Cuando llegó, le contó a su esposa lo que le había sucedido. Tras llorar y lamentarse, tomó la decisión de compartir su última semana de vida con sus seres queridos, entre los que se contaban su familia y un par de buenos amigos. 

Y así fue. Los abrazó y besó como nunca antes. Tuvo tiempo para escucharlos y compartir con ellos sus pensamientos más profundos. Hasta que, de manera inevitable, llegó el viernes. Bien temprano, el hombre se puso a meditar con su familia. Ya que iba a morir ese día, quería partir tranquilo, en paz.  

Cuando el reloj marcó las seis y todos estaban convencidos de que el hombre moriría en ese mismo momento, se oyeron unos pasos. Era el maestro, que avanzaba lentamente por la sala. Se demoró varios minutos en llegar hasta donde estaba su discípulo. 

—Abre los ojos —dijo el sabio— y respira profundo. 

Incrédulo, el hombre abrió los ojos, inhaló con fuerza y se puso la mano sobre el pecho: necesitaba sentir que su corazón aún latía. Miró al maestro y le dijo, entre aliviado y molesto: 

—Maestro, usted me aseguró que me iba a morir hoy mismo, a las seis, pero aquí estoy, tan vivo como cuando fui a verlo. 

—¡Cierto! —respondió el maestro, y largó una carcajada—. Bueno, era solo una broma. 

—¡¿Cómo una broma?! ¿Tiene usted idea de lo que mi familia y yo hemos sufrido durante toda la semana?  

El maestro puso una mano sobre el hombro de su discípulo, y le contestó sonriendo: 

—Oye, tú viniste a verme la semana pasada y me abrumaste con todas tus angustias banales y la larga lista de problemas que te quitaban el sueño. ¿Recuerdas que me pediste ayuda? Pues bien, te la he dado. ¿Pensaste acaso, durante esta semana, siquiera en uno solo de esos problemas? 

—No, solo pensé en que me iba a morir, en el poco tiempo que me quedaba por delante… —dijo el hombre. 

—Bueno, aprendiste la lección. No hay nada más valioso que la vida, que estar vivo. Todo lo demás es intrascendente. Y vuelvo a recordarte que te vas a morir. Solo me equivoqué de fecha. 

Te lo dice un amigo.

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