Hay momentos en los que la vida te obliga a frenar un poquito y mirar alrededor.
En estas últimas semanas me pasó de todo. Cumplí años, festejé el cumpleaños de Bochi, mi compañera de toda la vida, y llegó Delfina, mi primera nieta. De repente, mi hija se convirtió en mamá. Y yo, en abuelo.
Abuelo. Todavía me resulta raro decirlo.
Uno cree que con los años ya vivió casi todas las primeras veces. Que después de tantas alegrías, tristezas, trabajos, viajes, amigos, hijos, encuentros y despedidas, quedan pocas cosas capaces de sorprendernos de verdad.
Y no.
La vida siempre se guarda algo.
Varias veces les remarqué la importancia de hacer lugar a lo nuevo. En aquel momento hablaba de esas cosas que vamos acumulando casi sin darnos cuenta. Ropa que no usamos, objetos que quedan olvidados en un cajón, papeles que no sabemos por qué seguimos guardando.
Pero también acumulamos otras cosas.
Miedos. Broncas. Preocupaciones. Viejas discusiones. Costumbres que alguna vez tuvieron sentido y quizás ya no lo tienen.
Nos cuesta soltar.
Y a veces estamos tan ocupados sosteniendo todo eso que no nos damos cuenta de que, para recibir algo nuevo, primero tenemos que hacerle un lugar.
Hoy entiendo aquella idea de otra manera.
Porque hacer lugar a lo nuevo no significa olvidarse de lo vivido. Todo lo contrario. Yo soy lo que soy por mi historia, por mi familia, por mis amigos, por Bochi, por mis hijos, por mis viejos, por cada persona que pasó por mi vida y dejó algo.
Pero nuestra historia no puede convertirse en un ancla.
Cumplir años tampoco significa que el álbum ya está completo. Mirá si lo voy a saber yo, que a los 62 descubrí un sentimiento que no conocía.
Siempre quedan páginas en blanco.
A veces lo nuevo llega sin avisar. Otras veces hay que animarse a buscarlo. Puede ser una persona, un proyecto, un trabajo, un viaje, un sueño que dejamos pendiente durante años. Incluso puede ser una nueva versión de nosotros mismos.
No importa la edad.
Quizás de eso se trate crecer: no de acumular cada vez más cosas, sino de aprender cuáles queremos conservar y cuáles tenemos que dejar ir.
Hacer espacio.
Abrir una ventana.
Vaciar algún cajón.
Dejar una página libre.
Porque nunca sabemos qué puede estar por llegar.
Yo hoy miro a Delfina y tengo la certeza de que la vida todavía tiene muchas cosas para enseñarme. Y eso me parece maravilloso.
Mientras tengamos ganas de sorprendernos, de aprender, de querer y de empezar de nuevo, siempre habrá algo esperándonos.
Solo tenemos que dejarle lugar.
Te lo dice un amigo.






