miércoles, septiembre 2, 2026
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La pregunta que ningún alumno supo responder

Nadie supo qué responder. La última consigna del examen no hablaba de fórmulas, teorías ni de ninguno de los temas estudiados durante el curso. Era una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, inesperada: “¿Cómo se llama la mujer que limpia la escuela?”. 

La historia ocurrió durante uno de los últimos cursos de un estudiante. Como en cualquier evaluación, el alumno repasó primero todas las consignas y comenzó a resolverlas según su dificultad. Arrancó por aquellas cuyas respuestas conocía mejor: el tiempo corría y convenía avanzar. 

Todo transcurrió con normalidad hasta que llegó a esa pregunta final. 

Al principio creyó que el profesor estaba bromeando. Había visto muchas veces a la mujer encargada de la limpieza. Sabía que era alta, que tenía el pelo oscuro y que rondaba los 50 años. Podía reconocerla sin problemas si se cruzaba con ella en un pasillo. Sin embargo, nunca le había preguntado su nombre. 

Además, no comprendía qué relación podía existir entre aquella mujer y la carrera que había elegido. Sin encontrar una respuesta, entregó la evaluación y dejó ese espacio vacío. 

Cuando la clase estaba por terminar, otro alumno quiso despejar la duda que todos parecían compartir. Le preguntó al docente si aquella última consigna también influiría en la calificación. 

—Por supuesto —contestó el profesor. 

Después les explicó el verdadero sentido del ejercicio. A lo largo de la vida conocerían a una enorme cantidad de personas y cada una de ellas sería importante. Todas merecerían atención y consideración, aunque el vínculo se limitara a una sonrisa, un saludo o una breve pregunta para saber cómo estaban. 

Ese día, los estudiantes se llevaron un aprendizaje que iba mucho más allá de cualquier contenido académico. No era solamente la enseñanza de una clase, sino una forma distinta de mirar a quienes los rodeaban. 

Muchas veces vivimos pendientes de lo que debemos hacer en los próximos minutos. Caminamos apurados, abandonamos un lugar para llegar cuanto antes al siguiente y, cuando finalmente llegamos, ni siquiera sabemos bien para qué corríamos tanto. En medio de esa velocidad, dejamos de ver a personas que estuvieron siempre cerca. 

Me pasa a mí, te pasa a vos. Nos pasa a todos. 

Tal vez deberíamos levantar un poco más la mirada, prestar atención a quienes comparten nuestros días y hacer algo tan simple como preguntarles su nombre o cómo se sienten. Puede parecer un gesto pequeño, pero también es una manera de reconocer que están ahí. 

Por cierto, la mujer que limpiaba la escuela se llamaba Dorothy. 

Te lo dice un amigo.

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