Hay momentos en la vida que llegan con sentimientos difíciles de explicar. Este es uno de ellos.
Ya les conté que mi hijo Franco se fue a Estados Unidos a cumplir su sueño. Después de estudiar, trabajar, quedarse los fines de semana preparando su futuro y aplicar a distintas universidades, fue aceptado y becado para hacer un MBA en Harvard.
Como papá, no puedo sentir otra cosa que orgullo. Pero también lo extraño. Muchísimo. Y ahí aparece algo de lo que se habla poco: el famoso “nido vacío”.
Porque cuando un hijo se va, la casa cambia. No solamente porque falta una persona. Cambia el ruido, cambian las rutinas, cambian los lugares que uno ocupaba todos los días casi sin darse cuenta.
Falta esa voz. Falta verlo. Falta encontrarlo donde siempre estaba. Faltan las caminatas que hacíamos juntos. Falta ir al gimnasio. Falta esa compañía de todos los días.
Todavía no fui al gimnasio desde que se fue porque nosotros íbamos juntos.
Durante mucho tiempo lo llevé de la mano. Lo acompañé, lo vi estudiar, trabajar, crecer. Y ahora él está caminando solo, en otro país, en un mundo diferente, buscando su propio camino.
Y eso es una de las cosas más difíciles de ser padre: entender que nuestros hijos no vienen a vivir nuestra vida. Vienen a construir la suya.
Uno puede acompañarlos, aconsejarlos, abrazarlos. Puede intentar darles herramientas, valores y todo el amor que tiene. Pero llega un momento en que hay que abrir la puerta y dejarlos volar. Aunque duela.
La última charla que tuvimos antes de que se fuera fue muy difícil. Llorábamos los dos abrazados. Él también me dijo que me iba a extrañar, que iba a extrañar a sus amigos, pero que esta era una experiencia que tenía que vivir. Y tenía razón.
El crecimiento duele. Me cuesta entenderlo. Estoy feliz, estoy orgulloso, sé que está donde quiere estar y que está cumpliendo un sueño enorme. Pero al mismo tiempo no paro de llorar.
También lloró Bochi. La casa quedó vacía y los dos sentimos esa ausencia. Supongo que eso también es parte de aprender a ser padres.
Porque amar es confiar. Confiar en esa persona que uno ayudó a formar. Confiar en los valores que le enseñó. Confiar en todo lo que hizo durante años para prepararse para el momento de salir al mundo.
Franco nunca me contó que estaba preparándose para aplicar en Harvard. Yo solamente veía que todos los fines de semana se quedaba estudiando. Después de hacer mi programa, un día me mostró que había aplicado.
Hoy entiendo para qué eran aquellas noches, aquellos fines de semana y todo ese esfuerzo que hizo mientras también trabajaba. Y verlo llegar hasta acá es hermoso. Por eso intento transformar la tristeza de su partida en felicidad por verlo volar. Porque cuando un hijo vuela, uno no pierde un hijo. Uno gana la certeza de que hizo bien su trabajo.
La casa puede quedar más silenciosa. Pueden faltar las caminatas, el gimnasio, las charlas y esa presencia de todos los días. Pero queda algo mucho más grande: la tranquilidad de saber que ese hijo que uno tanto ama está construyendo su propia vida.
Y aunque todavía me cueste entenderlo, sé que de eso se trata la vida. De aprender a soltar. De aprender a confiar. De aprender que crecer duele. Y de poder ser feliz por alguien que amás, incluso cuando su felicidad significa que tiene que irse lejos.
Feliz viaje, Franquito querido. Papá te extraña. Pero también está profundamente orgulloso de vos.
Volá.






