martes, abril 21, 2026
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Vivir como las flores

Un discípulo se acercó a su maestro con una inquietud que, en el fondo, es universal. 

—Maestro, ¿qué debería hacer para no irritarme tanto? ¿Cómo hago para no enojarme? Hay personas que hablan de más, otras que opinan sin saber, algunas son indiferentes, otras gritan. Me enoja que mientan. Me duele cuando inventan cosas o calumnian. ¿Cómo se vive así sin perder la calma? 

El maestro lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando el discípulo terminó, respondió con una frase desconcertante: 

—Viví como las flores. 

El joven frunció el ceño. 

—¿Cómo es eso? ¿Qué significa vivir como las flores? 

El maestro no explicó de inmediato. Señaló el jardín y lo invitó a mirar con atención. 

—Observá dónde nacen —dijo—. Crecen en la tierra húmeda, muchas veces en el barro, incluso en el estiércol. Sin embargo, miralas: están limpias, erguidas, perfumadas. No huelen a la tierra que las vio nacer. 

Las flores toman del suelo aquello que necesitan para crecer. Del abono extraen nutrientes. De la oscuridad, fuerza. Pero no se quedan con lo que ensucia. No permiten que la aspereza del terreno manche la frescura de sus hojas ni la delicadeza de sus pétalos. Transforman lo que podría ser desagradable en alimento para florecer. 

El discípulo guardó silencio. El maestro continuó: 

—Entiendo que te angustien tus propios errores. Es natural. Son tuyos y podés aprender de ellos. Pero los errores de los demás… ¿por qué cargarlos? Los defectos ajenos pertenecen a quienes los tienen. No hay razón para que te roben la calma. 

Enojarse por cada palabra hiriente, por cada mentira o injusticia, es como absorber el barro sin convertirlo en flor. Es permitir que lo externo defina tu estado interior. Y eso, dijo el maestro, no es sabio. 

—Ejercitá la virtud de rechazar el mal que viene de afuera —aconsejó—. Imaginá que llevás una coraza lisa, como si estuviera cubierta de teflón: lo que hiere, resbala. No porque no lo veas, no porque lo niegues, sino porque elegís no incorporarlo. 

Vivir como las flores no es ingenuidad. No es desconocer la existencia del barro. Es saber que está ahí y, aun así, decidir qué hacer con él. Es transformar lo que duele en aprendizaje sin permitir que te endurezca el corazón. Es crecer sin perder el perfume. 

Las flores saben distinguir. Toman lo que nutre y dejan atrás lo que contamina. No luchan contra la tierra; la trascienden. 

—Tratá de hacer eso —concluyó el maestro. 

Te lo dice un amigo. 

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