miércoles, abril 15, 2026
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El primer mate y otras formas de ser feliz

Pensaba en la felicidad y en cómo, a veces, la buscamos en lugares demasiado grandes, demasiado lejanos. Como periodistas solemos hablar de hechos importantes, de lo urgente, de lo que impacta. Pero también —aunque no siempre lo notemos— trabajamos con otra materia más sutil: pequeñas dosis de felicidad cotidiana que circulan entre la gente, en lo simple, en lo mínimo. 

Quizás por eso vale la pena detenerse un momento y hacer el ejercicio. Frenar. Mirar alrededor. Preguntarse: ¿qué cosas, chiquitas, concretas, nos hacen bien? 

A mí, por ejemplo, ya me alcanza con anticipar algo muy sencillo: saber que falta menos para el fin de semana. Ese pequeño dato cambia el ánimo. De golpe, el día tiene otro ritmo. Y aparece la imagen del primer mate de la mañana, tranquilo, tal vez en el pasto o en cualquier rincón silencioso. Ese momento, antes de que empiece todo, ya es felicidad. 

El primer mate tiene algo especial. No es solo la bebida: es el ritual, la pausa, la sensación de que el día todavía está por hacerse. Llena el alma de una forma difícil de explicar, pero fácil de reconocer. 

Después están esas pequeñas sorpresas que parecen insignificantes, pero no lo son. Como encontrar plata en un bolsillo olvidado. Un pantalón, un saco que no usabas hace tiempo, y de repente aparece un billete. Puede ser poco o mucho, no importa: hay algo en ese hallazgo que produce una alegría inmediata, casi infantil. Incluso tiene su propio juego temporal: uno puede calcular hace cuánto quedó ahí. Si aparece un billete grande, reciente, es cercano. Si aparece algo viejo, de otra época, el mensaje es claro: hace mucho que no te ponías esa ropa. 

También hay felicidades más fugaces, casi imperceptibles, pero igual de potentes. Llegar a un semáforo y que justo se ponga en verde. O mejor aún, enganchar varios seguidos, como si la ciudad, por un instante, conspirara a tu favor. Son segundos, nada más, pero cambian el humor. 

Otras veces, la felicidad está en el tiempo libre bien aprovechado: una serie que te atrapa, una película que te gusta, ese rato en el que todo lo demás queda en pausa. No hace falta mucho más. 

Y después están los pequeños triunfos logísticos del día a día: llegar a la parada y que el colectivo aparezca enseguida. Que, además, venga vacío. Poder subir, sentarte, viajar sin apuro. Es casi un lujo. 

En casa, las escenas también son conocidas. Abrir la heladera y verla llena. Encontrar justo eso que tenías ganas de comer o tomar. O descubrir que ese vino que guardabas para un momento especial está ahí, esperando. Servirlo, descorcharlo, y confirmar que, a veces, el momento especial no necesita más explicación que el presente. 

La felicidad, entonces, no siempre irrumpe. Muchas veces se filtra. Está en esos detalles que, si no los nombramos, pasan de largo. Pero cuando los ponemos en palabras, cuando los compartimos, se vuelven más visibles. Y tal vez ahí haya algo interesante para nosotros, que contamos historias: recordar que no todo lo valioso es extraordinario. 

A veces alcanza con mirar mejor lo que ya está. 

Te lo dice un amigo. 

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