jueves, febrero 19, 2026
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La historia de la primera calesita de Lomas que inspiró la instalación de otras

La escena es conocida por cualquiera que haya crecido en el sur del Conurbano: un carrusel girando, la música mecánica, los caballitos subiendo y bajando. En Lomas de Zamora, esa imagen persiste desde hace generaciones. La calesita se convirtió en una pieza esencial del paisaje afectivo del barrio: un símbolo que acompañó a niños, jóvenes y adultos, y que todavía funciona como un pequeño viaje hacia otro tiempo.

La historia comenzó en 1936, cuando la primera calesita llegó a Lomas. Muchos años después, en 1949, encontró su lugar definitivo: la esquina de Portela y Manuel Castro, junto a la plaza Grigera y a pocos pasos del Palacio Municipal. Desde entonces no sólo se mantuvo en pie, sino que inspiró la aparición de otros carruseles en distintas plazas del distrito. Con la instalación del carrousel de los pisos en la Plaza Grigeraesa calesita se mudó al Parque Finky.

En Libertad, Colón, Steinberg, tanto en Lomas como en Temperley y Banfield, la rutina familiar de los fines de semana o de los feriados encontraba en esas plataformas giratorias una excusa para salir a pasear.

Esa costumbre, sin embargo, no es exclusiva de la Argentina. En Estados Unidos y México, al igual que aquí, las calesitas giran en sentido antihorario. En buena parte de Europa -Inglaterra, Holanda, Bélgica, Alemania, entre otros- sucede exactamente lo contrario: los carruseles avanzan siguiendo las agujas del reloj. La razón de esa diferencia todavía despierta debate: nadie encuentra una explicación definitiva.

La mecánica que sostiene a estos juegos empezó a definirse a mediados del siglo XIX, cuando se diseñó un modelo de plataforma pensado para minimizar accidentes y permitir que animales y carrozas se desplazaran de manera segura alrededor de un eje central. Con el impulso de la Revolución Industrial aparecieron engranajes y cigüeñales que dieron a los caballitos su clásico movimiento ondulante mientras el conjunto giraba. Casi en paralelo se incorporaron órganos e instrumentos automáticos, y más tarde los motores eléctricos y la iluminación que terminaron de moldear la estética tradicional del carrusel moderno.

El auge de las calesitas en Buenos Aires y Lomas

Buenos Aires vivió un verdadero auge de calesitas durante gran parte del siglo XX, y la de Lomas formó parte de esa explosión. Hoy sobreviven en la ciudad y el Conurbano menos de cincuenta, muchas de ellas armadas con piezas artesanales que las vuelven candidatas naturales a ser reconocidas como patrimonio cultural. Lo que resiste es su valor emotivo, esa capacidad de conectar a cualquiera con un recuerdo de infancia o incluso con un momento adulto que quedó asociado al vaivén de los caballitos.

Ese viaje circular -pequeño, simple, cotidiano- sigue siendo un recordatorio de que ciertos rituales no pierden vigencia. La calesita, en Lomas y en tantos otros rincones, continúa girando contra el tiempo.

Artículo publicado en el diario La Unión.-

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