Seamos honestos: todos merecemos desayunar tranquilos, sin que nadie nos hable. ¿Sí o no? Ese primer mate o ese café con leche en silencio total, sin preguntas, sin charlas forzadas. Apenas abrir los ojos, lo mínimo que uno pide es que el mundo nos dé cinco minutos de tregua.
En realidad, todos merecemos pequeñas cosas. Detalles básicos que, cuando no están, desordenan el día. Como dormir sin que alguien nos ronque al lado. Sí, lo dije. Y no me vengan con “ay, que yo ronco suave” o “ni se nota”. Se nota. Vos también. Todos roncamos alguna vez. Pero no por eso hay que condenar al otro a la vigilia. Estoy esperando unos dilatadores nasales, con fe. Pero no se te ocurra decirme que me ponga un tapón en la boca, ¿eh? Eso ya es tortura.
Todos merecemos que el delivery llegue en el tiempo que prometió. Si te dicen 15 minutos, son 15 minutos. No 50, no “estamos llegando” cuando todavía ni arrancaron. Y si no pueden llegar, que avisen. No es tan difícil.
Y ya que estamos con los mínimos indispensables: merecemos salir de la ducha y que la toalla esté seca. ¿Qué es eso de secarse con una toalla húmeda, como si fuera una esponja tibia de ayer? No, viejo. Una toalla seca es un derecho humano básico.
Después está el gran tema que nos divide como sociedad: las empanadas. Todos merecemos saber de qué gusto es cada empanada sin tener que hacer excavación arqueológica con el tenedor. Que alguien se digne a escribir “pollo” o “carne” con un palillo, una banderita, lo que sea. No quiero volver a morder una empanada de pasas creyendo que era de jamón y queso. Basta.
Y finalmente, algo en lo que todos podemos coincidir: merecemos cinco minutitos más cuando suena la alarma. O diez. Ese “quedate un ratito más” que nos regala la vida antes de empujarnos al caos del día. No es pereza. Es autocuidado.
En fin, no pedimos tanto. Solo un poco de respeto por los rituales cotidianos. Por esas cosas simples que hacen que todo, de golpe, tenga un poco más de sentido. O al menos, un poco más de amor propio.
Te lo dice un amigo.






