Delfi se durmió en mi pecho. Su respiración y la mía se fueron acompañando, mientras Bochi rescataba ese instante en una foto. Me quedé ahí, contemplándola. Sin apuro. Con esa felicidad que cuesta explicar y que, por una vez, tampoco hace falta poner en palabras.
El silencio habla. Lo escribí cuando compartí la imagen y creo que es la mejor manera de contar lo que sentí. Hay momentos en los que cualquier cosa que uno diga parece interrumpir algo hermoso.
Estoy acostumbrado a los horarios, a mirar el reloj, a tener presente lo que viene después. En este trabajo, el tiempo siempre está pasando: una noticia, una entrevista, el programa que empieza, el que termina. Y uno sigue. A veces, incluso cuando llega a casa, la cabeza conserva esa velocidad.
Pero con Delfina dormida sobre mí, el tiempo se paró de pronto.
Me gusta pensar en todo lo que todavía vamos a compartir. Me da curiosidad escuchar su voz, conocer su risa, descubrir qué cosas le van a gustar. Aunque tampoco quiero adelantarme. Hoy es esta bebé que duerme en mi pecho. Y quiero poder disfrutar de eso, sin estar esperando la próxima etapa.
Quizás una parte de ser abuelo tenga que ver con aprender a mirar así. Con entender que acompañar también puede ser quedarse quieto, ofrecer un abrazo y dejar que el otro descanse.
Bochi guardó ese instante para siempre. Ahora miro la foto y me conmueve que haya podido capturar algo tan sencillo: nuestra nieta durmiendo, nosotros disfrutándola. Una escena familiar que tiene un valor enorme para mí.
A veces buscamos la felicidad haciendo planes grandes, imaginando todo lo que nos falta. Después llega un momento como este y nos encuentra con los brazos ocupados y la cabeza, por fin, en el mismo lugar que el corazón.
Ojalá pueda acordarme de esa sensación cuando vuelva a correr detrás del reloj. Hacer una pausa. Mirar a quienes tengo cerca. Darles tiempo.
Hoy Delfi duerme en mi pecho. Bochi nos contempla. Y yo agradezco.
Hoy no hay apuro.
Te lo quería contar.






