lunes, mayo 25, 2026
InicioDe Puño y LetraNo todo lo quieto está perdido

No todo lo quieto está perdido

Un hombre cruzaba todos los días el mismo puente. Iba y venía apurado, siempre con algo pendiente, siempre llegando tarde a algún lugar. En ese trayecto repetido había una escena que se mantenía inalterable: a unos metros, alguien estaba sentado mirando el río. 

Nunca hablaban. Ni siquiera se saludaban. Pero ahí estaba, todos los días, en el mismo punto, con la mirada perdida en el agua. Al principio fue apenas un detalle. Después, una curiosidad. Y con el tiempo, una molestia. 

¿Cómo puede ser que alguien se quede ahí, sin hacer nada, mirando el río? ¿Cómo puede no estar apurado? 

Esa pregunta empezó a acompañarlo. Mientras corría de una reunión a otra, mientras resolvía pendientes, mientras llenaba su día de tareas, pensaba en ese hombre inmóvil. Lo juzgaba en silencio: “Está perdiendo el tiempo”. 

Hasta que un día algo cambió. El puente estaba cerrado y tuvo que dar un rodeo largo. Llegó tarde, agotado, de mal humor. Y cuando finalmente volvió a cruzar, lo vio otra vez. Esta vez desde otro ángulo, pero igual que siempre: sentado, mirando el río. 

Entonces se detuvo. 

Se acercó y, sin demasiado rodeo, le preguntó: 
—Señor, ¿qué hace acá todos los días mirando el río? 

La respuesta fue simple, pero lo descolocó: 
—Estoy aprendiendo a frenar. 

Hizo una pausa y siguió: 
—Después de una vida de correr, de cumplir, de llegar, de estar en reuniones de un lado y del otro… necesitaba un lugar donde no pasara nada. Y acá no pasa nada. Pero no es una pérdida de tiempo. Es el único momento del día donde todo está en silencio. Estoy aprendiendo a frenar. 

El hombre no respondió. Se dio media vuelta y siguió su camino, otra vez apurado, otra vez lleno de cosas por hacer. Pero algo de esa escena ya no era igual. 

La historia deja una idea incómoda y necesaria: muchas veces juzgamos lo que no entendemos. Mientras algunos corremos sin preguntarnos demasiado hacia dónde —o por qué—, otros eligen detenerse para no perderse a sí mismos. 

No todo lo que parece quieto está estancado. Y no todo lo que se detiene deja de avanzar. 

A veces, parar es justamente lo que permite seguir. 

Te lo dice un amigo. 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

MÁS LEÍDAS