Estoy en esos momentos de la vida, esos en los que, después de los 60, uno empieza a hacer esa gran evaluación, ese balance. Me pregunto: ¿Quién decide qué es mejor? ¿Quién marca esos estándares? Sabemos que la vida puede tomar rumbos inesperados, cambiar de un momento a otro sin que lo busquemos. Y aunque no queramos, esos cambios llegan, y nadie está exento de ellos.
Llega un momento en el que te decís: “Todo bien, genial, pero… ¿para qué sirve el dinero, el título, la fama? ¿Para qué sirve el éxito o el poder, si al final somos todos iguales?”. Entonces me pregunto también: ¿Para qué sirve el orgullo? En este medio, estamos tan atrapados por el orgullo y el ego… ¿Por qué tanto reclamo? ¿Por qué tanta arrogancia, incluso sin darnos cuenta? ¿Por qué a veces nos victimizamos?
Y sigo reflexionando: ¿Por qué esa necesidad de apegarnos a los bienes materiales? ¿Por qué necesitamos cosas de marca que nos den “estatus”? Si al final, cuando te acostás, sos el mismo sin esa marca. ¿Por qué la bronca? ¿Por qué tanta ira, ese maltrato hacia los demás?
Al final, lo único que tenemos es el día a día. Y por eso debemos vivirlo con pasión, disfrutarlo al máximo, haciendo el bien y sirviendo a quienes nos rodean. Dejemos de mirar tanto nuestro propio ombligo y prestemos atención a los demás. Tal vez alguien cerca nuestro necesite ayuda.
Cuidemos a quienes nos aman y nos aceptan tal como somos. Pienso en el ajedrez, un juego que me fascina: cuando termina la partida, todas las piezas, tanto el rey como el peón, van a la misma caja. Es una gran verdad.
Nacemos sin traer nada y nos vamos de esta vida sin llevarnos nada. Lo triste es que, en ese intervalo entre la vida y la muerte, pasamos el tiempo peleando por cosas que no trajimos y que no nos llevaremos. Disfrutemos hoy.
Te lo dice un amigo.






