Hola, amigos. Hoy les quiero contar la historia de un profesor que decidió visitar la casa de un maestro zen. Al llegar, el profesor se presentó mencionando todos los títulos que tenía. “Yo hago esto, tengo esto, sé esto… Yo, yo, yo…”. El maestro zen escuchaba y, cuando el profesor terminó de hablar, le dijo: “Bueno, quiero conocer tu sabiduría“.
En lugar de dar una explicación o de seguir hablando, el maestro zen le dijo: “Por favor, siéntese. ¿Té?”. “Sí, claro”, respondió el profesor. El maestro sirvió entonces una taza de té, pero cuando la taza rebosaba, el sabio, haciéndose el distraído, seguía sirviendo la infusión, de manera que el líquido se derramaba por toda la mesa. El profesor pensó: “¿Qué le pasa a este hombre?” Y, queriendo llamar su atención, le dijo: “Disculpe, maestro, pero la taza está llena, ya no cabe más té”.
El maestro dejó la tetera a un lado y respondió: “¿Sabe algo? Usted es como esta taza: llegó lleno de opiniones y prejuicios. Que tengo esto, que tengo lo otro. Y, a menos que su taza esté vacía, no va a poder aprender nada”. Simple; sencillo.
La enseñanza que deja esta historia es que, si tenemos nuestras cabezas llenas de prejuicios y pensamientos como que algo es muy difícil o complicado, será difícil aprender y aceptar nuevas creencias. A veces, es necesario vaciarnos, no solo de pensamientos, sino también de personas que no nos hacen bien. Dejar viejos preceptos y estar abiertos a nuevas enseñanzas y vivencias.
Amigos, el arte de vivir implica saber cuándo aferrarse y cuándo dejar ir, siempre escuchando. El secreto no es olvidar, sino dejar ir. Cuando algo se vaya, seguramente serás rico en la pérdida y estarás vacío para recibir nuevos pensamientos, vivencias y hasta personas.
Te lo dice un amigo.






