domingo, marzo 29, 2026
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El amor también se cultiva

Ella le habla a su hijo con una mezcla de ternura y valentía: 

—¿Me llevás a bailar? Todavía tengo ganas de moverme, de sentir que brillo de tu brazo. 
¿Me acompañás al teatro? Tal vez ya no oiga perfecto, pero a tu lado todo suena más claro. 
¿Salimos a caminar? Tengo ganas de calle, de aire, de pasos compartidos, aunque no sepamos bien hacia dónde. Como cuando eras chico y lo importante no era el destino, sino ir juntos. 

No se trata solo de salir. Se trata de no quedar afuera. 

—No te rías de mis ocurrencias —le dice—. A veces intento seguirle el ritmo a este mundo que cambia tan rápido y me pierdo. Me tropiezo. Me confundo. Pero no me apartes. No me dejes mirando desde lejos tu vida. Quiero seguir siendo parte. 

El cuerpo se cansa, es verdad. Pero el corazón guarda historias, consejos, recuerdos que aún buscan un oído dispuesto. Y muchas veces los hijos están tan ocupados que no encuentran el momento para escuchar. 

—Invitame a tu casa. Sentarme en tu mesa un rato. Tomar un café. Conversar sin apuro. Esa es mi mejor medicina: tu tiempo, tu cariño. Los años no nos vuelven menos sensibles; al contrario, nos afinan el alma. 

A veces basta con una visita breve, una llamada inesperada, un “hola, ma, ¿cómo estás?” dicho sin prisa. Nuestros mayores no necesitan grandes gestos. Necesitan sentirse presentes, incluidos, mirados con respeto. No ser una carga, sino parte del paisaje cotidiano. 

Y lo mismo vale en sentido inverso. 

Hace mucho que no hablás con tus hijos de verdad. No de tareas ni de horarios. De valores. Tomate cinco minutos. Contales algo de tu experiencia. Explicales, por ejemplo, que no está bien burlarse del cuerpo de nadie: ni del alto, ni del bajo, ni del flaco, ni del gordo. Que el cuerpo ajeno no es tema de comentario. 

Deciles que no hay nada malo en usar siempre las mismas zapatillas. Que no es mejor el que más viaja ni el que tiene la casa más grande. Que una mochila vieja también puede estar llena de sueños. Que nadie merece quedar afuera por ser distinto, por no tener lo mismo o por aprender a otro ritmo. 

Enseñales que la burla duele. Que el rechazo y la indiferencia también lastiman. Que mirar para otro lado cuando alguien sufre es otra forma de herir. Y recordales algo esencial: todos valemos lo mismo. No somos superiores ni inferiores; somos únicos. 

La educación no empieza en la escuela. Empieza en casa. Con amor, con coherencia, con ejemplo. La forma en que tratamos a los demás es la forma en que ayudamos a construir el mundo. Y en eso, como padres, tenemos una responsabilidad enorme. 

Todo puede comenzar con una charla simple en la cocina. Y, sin embargo, cambiar un destino. 

Hay una historia que lo resume bien. Un hombre fue a ver a un sabio y le dijo: 

—Ya no amo a mi esposa. Voy a separarme. 

El sabio lo escuchó en silencio y, después de mirarlo a los ojos, respondió con una sola palabra: 

—Amala. 

El hombre se sorprendió. 

—Pero no siento nada. ¿Cómo voy a amarla si no siento nada? 

El sabio repitió: 

—Amala. 

Y entonces explicó: amar no es solo un sentimiento. Es una decisión. Es un acto de voluntad. Es compromiso, dedicación, entrega. El amor es un verbo, y el sentimiento es consecuencia de la acción. 

Amar se parece a cuidar un jardín: hay que quitar lo que daña, preparar la tierra, sembrar, regar, proteger. Habrá sequías, plagas, días grises. Pero si abandonás el jardín, no florece. En cambio, si lo cuidás, tarde o temprano brota. 

Lo mismo ocurre con la pareja. Con los hijos. Con los padres. 

A veces creemos que el amor es ese temblor inicial, esas mariposas en el estómago. Pero el amor verdadero empieza cuando las mariposas se van y, aun así, elegimos quedarnos. Elegimos cuidar. Elegimos hablar. Elegimos incluir. 

Porque el amor no es solo lo que nace. Es lo que se cultiva. 

Y como todo en la vida, lo que se cuida, crece. 

Te lo dice un amigo. 

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