El Principito decía “te amo”, y la rosa respondía “yo también te quiero”. Pero él la miraba con dulzura y le aclaraba: no es lo mismo querer que amar. Esa diferencia, sutil pero profunda, atraviesa muchas de nuestras relaciones y explica buena parte de nuestras frustraciones.
Querer suele estar ligado a la posesión. Es el deseo de hacer propio algo o a alguien, incluso cuando no nos pertenece. Queremos para sentirnos más completos, para tapar carencias, para calmar vacíos. En ese querer aparecen las expectativas: esperamos, exigimos, proyectamos. Y cuando eso que deseamos no responde como imaginábamos, llega la decepción. El dolor. La sensación de que el otro nos falló, cuando en realidad fue nuestra expectativa la que no se cumplió.
Amar, en cambio, es otra cosa. Amar es desear lo mejor para el otro, aun cuando ese camino no coincida con el propio. Es permitir que el otro sea feliz, incluso si esa felicidad no nos incluye de la manera que esperábamos. Amar es un sentimiento desinteresado, que nace desde el corazón abierto y se ofrece sin condiciones.
Por eso, el amor verdadero no debería ser causa de sufrimiento. Cuando amamos, nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y profundo placer de dar. No hay cálculo, no hay deuda, no hay reproche. Hay presencia.
Claro que amar también implica un riesgo. Amar es animarse a confiar, a tirarse al vacío con el alma abierta. Es confiar en el otro, pero también en uno mismo. Saber que, pase lo que pase, uno va a estar de pie. No desde la posesión ni desde el egoísmo, sino desde una calma profunda.
A veces amar es silencio. Es compañía. Es darle al otro un lugar en el propio corazón para que habite: como padre, como madre, como hermano, como amante o como amor en su forma más pura. Sin ataduras. Sin exigencias. Con libertad.
Quizás ahí esté la clave: querer nos ata; amar nos libera.
Te lo dice un amigo.






