Tres criaturas habitan una cloaca de la Ciudad de Buenos Aires. Una de ellas quiere matarse y las otras dos la ayudan. Lo intentan, ensayan muertes posibles, fracasan. No le temen a los escombros; se burlan de ellos. Es su forma de matar el tiempo.
El hambre es una obra en el borde. Para reír y también conmoverse, para ver lo ridículo, enojarse y mofarse de ello. Una farsa verdadera, exaltada, afectada. Estas criaturas tienen hambre de deseo, de exceso, un hambre que nunca se sacia. Hambre de juego y destrucción, un hambre irreverente y dolorosa.
Huérfanxs de la vida social y política, como nuestra generación, se construyen una identidad monstruosa: somos cucarachas, ratas, vagamos por los recovecos oscuros y viscosos llenos de la basura de la ciudad. Invisibles, pero con la fuerza demoledora de las plagas.

Una obra tan feroz como tierna. Una invitación a mirar lo que no queremos ver.
El Hambre cuenta con el apoyo del Programa Proteatro.
Una obra sobre la amistad, la renuncia y la ternura. En el borde entre la risa, la conmoción y el delirio.
Dirección: Camo Sibolich
Asistencia de dirección: Brian Nazer
Interpretación: Isabella Rossi, Chiara Mosca, Guadalupe Ferraro
📅 Jueves de julio / 7 y y 14 de agosto– 20:30 hs
📍 Teatro Beckett (Guardia Vieja 3556, CABA)
🎟️ Entrada: $15 mil

FICHA TÉCNICA:
- Actúan: Isabella Rossi, Chiara Mosca, Guadalupe Ferraro
- Dirección: Camo Sibolich
- Asistencia de dirección: Brian Nazer
- Dramaturgia y producción: Chiara Mosca
- Vestuario: Deseo Zapatos (La Porkeria Mala y Malicia Mirai)
- Escenografía: Agustina Chambón y Gabriel Carbone
- Diseño gráfico: Perro Cochino Ediciones (Salo Goth)
- Música original en escena: Lucio Spinelli
- Maquillaje: Carma Cannizzaro

Entrevista El Hambre
Creada por un equipo de artistas autogestives, la obra teatral El hambre resuena como un grito creativo y colectivo que resiste desde el subsuelo. “El arte que nos interesa hacer y ver es el que se hace preguntas”, sostienen.
Por Ximena Pascutti
Una cloaca. Tres seres. Hambre de juego, de afecto, de revolución. Así arranca El hambre, una obra incómoda y feroz que interpela desde los márgenes con humor ácido, ternura brutal y una apuesta política por el encuentro.
Concebida en plena crisis económica y cultural, escrita por Chiara Mosca y dirigida por Camo Sibolich, la pieza se gestó inicialmente en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD) y se sostuvo gracias al esfuerzo autogestivo de un grupo de amigxs que decidieron no esperar condiciones ideales para crear.
Con influencias del teatro del bufón, del absurdo y del grotesco contemporáneo, El hambre propone un viaje al subsuelo de lo humano y de lo social, donde lo deforme se vuelve bello y lo monstruoso, profundamente tierno.
En esta entrevista, las creadoras cuentan el detrás de escena de un proceso que duró más de dos años, comparten su mirada sobre el rol del arte en este presente y reflexionan sobre el poder del teatro para encender otras formas de vida.
–El hambre transcurre en una cloaca. ¿Por qué eligieron ese espacio como escenario simbólico y literal? ¿Qué dice de nosotrxs como sociedad?
-Chiara Mosca (dramaturga): El hambre transcurre en una cloaca, bajo tierra, entre los túneles de los subtes. Es un margen, un recoveco oscuro y viscoso lleno de la basura de la ciudad. Ahí habitan estos tres personajes, entre los escombros, los residuos de los ciudadanos y la mugre. Viven en aquellos rincones donde se descarta todo lo que la sociedad elige ocultar. Porque todo lo que cae fuera del sistema, es deshumanizado, para que ni siquiera el descarte incomode a esa moral. En el mundo en que vivimos, este mundo inmundo, lo “sucio”, es bello. Se invierten los valores: lo asqueroso según una sociedad verdaderamente asquerosa, deviene en algo hermoso.
– ¿Qué clase de “hambre” mueve a estas criaturas? ¿Y qué clase de hambre sienten ustedes como artistas hoy en la Argentina?
-Chiara: En esta obra el hambre está entendida también como deseo, como exceso, como algo que no se satisface nunca, como hambre de juego y destrucción, irreverente y dolorosa. Como artistas (y trabajadores en general) tenemos hambre de un contagio descarado de delirio y acción colectiva. Hambre de organizar la rabia que sentimos, de juntarnos, pensar, hacer juntxs. De salir del adormecimiento e individualismo al que estos tiempos nos tiene sometidxs generacionalmente y salir al asalto de nuevas imaginaciones y nuevas formas de crear.
– La obra mezcla humor, farsa y tragedia. ¿Cómo construyeron ese tono tan difícil de clasificar?
-Chiara: Es una obra que aborda preguntas existenciales, así que está profundamente relacionada con la vida y la muerte, esta última también entendida como algo vital. La muerte es acá también una renuncia a todo con lo que los personajes no están dispuestos a transar. Así se conjuga entonces tragedia y humor. Construimos la tragedia con toda la verdad que tenemos, y nos reímos de lo que nos duele porque esas penas que tenemos no queremos que nos encuentren deprimidxs, tristes; queremos poder hacer chistes con ellas y que eso también sea un trampolín vital para la acción y el encuentro. Y la farsa yo la creo necesaria en este mundo, para reírnos un poco de todo lo que odiamos.
-¿Qué desafíos enfrentaron para producir esta obra en un momento de crisis económica y cultural?
-Camo Sibolich (directora): Hacer teatro autogestivo implica un gran esfuerzo económico, pero también despierta el ingenio para que eso no se vuelva un límite. Somos un equipo de disidencias, una mezcla de monstruitxs que trabajamos de forma colectiva y no nos rendimos ante los frenos culturales y sociales que hoy se sienten más que nunca. Así, fuimos encontrando caminos posibles, con recursos mínimos pero resultados concretos. Gracias a la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Drámatica), institución pública que primero nos alojó como alumnxs y después como creadores, pudimos ensayar y montar la obra. Sin ese espacio, no hubiera sido posible darnos el lujo de disfrutar de un proceso tan extenso como dos años, ensayando dos, tres y hasta cuatro veces por semana. También recibimos el apoyo de PROTEATRO y realizamos acciones autogestivas: vendimos rifas, hicimos fiestas y abrimos funciones en etapa de investigación. Con todo ese trabajo de rebuscarnos formas de financiamiento, aun así no llegamos a cubrir todos los costos de producción y tampoco honorarios que reflejen todo el laburo de estos años. Por decisión de la cooperativa, lo ganado en la primera temporada fue destinado a la financiación de la segunda temporada -2025-.
-¿Qué les interesa provocar en el público? ¿Risa incómoda, identificación, rechazo…?
-Camo: Nos interesa que el público se con-mueva, de la forma que sea. En el sentido de “moverse con”. Si es con risa, llanto, rechazo, asco… está bien. La invitación es a compartir, durante una hora, un ritual en el que tanto quienes están en escena como quienes estamos por fuera somos copartícipes. Lo que sucede en cada función con el público es parte de esa relación íntima. No queremos gustar: buscamos que algo se mueva. Jugamos a provocar. Y si el público se siente interpelado con eso: con un espectáculo que se corre de lo tradicional, con el deslumbramiento de lo particular, con la incomodidad de ese presente, entonces ahí pasa algo. Y eso nos importa.
-¿Qué referencias o influencias teatrales aparecen en la obra, ya sea desde el texto, la puesta o la actuación?
-Camo: Nuestras principales referencias son el teatro del bufón, porque habita esos mismos márgenes: lo deforme (lo podemos ver en sus vestuarios y en sus movimientos), lo exagerado, lo incómodo y sobre todo la parodia al poder. También el teatro del absurdo, sobre todo Samuel Beckett y su teatro del despojo. Nuestros personajes existen en un mundo que no entienden del todo, pero insisten, se sostienen entre ellas y sobreviven. Hay humor, pero es oscuro, torcido. Trabajamos con dos referencias cinematográficas que nos ayudaron a construir el mundo de El hambre: El Grinch y Delicatessen. En la primera, nos despertó mucho mundo los movimientos físicos del personaje, sus expresiones en el rostro y su forma de vida en soledad, dentro de una cueva apartada de la sociedad “común”. De la segunda, tomamos el universo: un mundo al borde del colapso, extraño, que da risa y miedo al mismo tiempo y sobre todo, nos inspiró para incorporar música en vivo, intervenciones sonoras que hagan a la construcción de ese mundo, una capa más de plasticidad y juego.
– ¿Cómo trabajan la ternura en medio de tanta oscuridad?
-Camo: La ternura es el sostén de lo vital. El equipo de El hambre es un grupo de amigxs: nos conocimos en la misma escuela, y quienes no estudiaron allí se sumaron al proyecto como amigxs de la vida. Sin ternura no funcionamos. La ternura es nuestra forma de abordar el trabajo y también los obstáculos que se van presentando, sobre todo porque creemos que es el antídoto frente a la hostilidad de cada día.
La obra habla de la amistad, la solidaridad y la existencia en un mundo por estallar, un mundo que no termina de entender qué significa mirar al de al lado. Desde la dirección y la actuación, trabajamos la ternura tanto en los entrenamientos como en cada escena para encontrar la sensibilidad en cada situación, por más disparatada o absurda que sea. No queríamos caer en la lectura errónea de tres criaturas que por monstruosas son insensibles. No responden a ciertas máximas morales y son medio malditas, sí, son feroces y además, son muy tiernas. Se tienen, se sostienen y se ayudan. Como lo hacemos todes quienes conformamos El hambre.

– En un país donde estamos atravesando una realidad económica, política y social muy compleja, ¿por qué seguir apostando al teatro? ¿Sienten que El hambre es una metáfora del momento argentino actual?
-Chiara: Seguimos apostando al teatro porque confiamos en la potencia de la imaginación y del trabajo colectivo. Hacer una obra también es una excusa para seguir juntándonos, pensando en conjunto, imaginando otros mundos, otras narrativas posibles. El hambre es una obra que venimos trabajando desde 2022. Y aunque no nació con la intención de ser una metáfora sobre la situación del país, inevitablemente dialoga con ella. El contexto es la Argentina actual: un escenario que viene siendo crítico desde hace muchos años, y que hoy no para de empeorar.
– ¿Qué les gustaría que quede resonando en quienes vean El hambre?
-Chiara: Nos gustaría que resuene la amistad como trinchera, como red. La amistad que nos salva la vida y también la muerte. Sobre todo queremos que quienes vean El hambre salgan con preguntas. ¿Qué vidas valen más que otras? ¿Quiénes merecen? ¿Quién define lo que es bueno, limpio, saludable? Por decir algunas. Ojalá también quede flotando una mueca, un recuerdo lindo: un diálogo que se les pegó, una escena que les dio risa o piel de gallina, algo que se quedaron pensando.
– ¿Qué artistas o referentes del teatro les inspiran? ¿En qué tradición o linaje teatral les gustaría inscribirse con esta obra?
-Camo: Somos un equipo con formaciones y recorridos distintos, así que cada une tiene sus propios referentes, pero cuando nos pusimos a charlar esta pregunta, encontramos varios puntos en común. Nos inspira, por ejemplo, el Parakultural: esa mezcla rabiosa de artistas interdisciplinarios que jugaban con la parodia, lo roto, lo bizarro, y la libertad de expresión. Algo así como un sótano húmedo y vital en el centro de Buenos Aires. También nos interesan mucho las danzas y el teatro físico, tanto desde la interpretación como desde la dirección. Y nos inspiran profundamente nuestrxs amigxs: por cómo piensan, por cómo crean, por cómo aman.
Si tuviéramos que elegir un linaje, sería el del teatro de los márgenes: absurdo como la vida, feroz, ridículo y contestatario. Y ojalá El hambre sea una de esas obras que, algún día, alguien elija montar en un taller actoral, para recontextualizarla, jugarla y divertirse tanto como nos divertimos nosotrxs al crearla
– ¿A qué público apuntan con El hambre? ¿Les interesa dialogar con nuevas generaciones o cruzar generaciones en escena?
-Camo: Es una obra apta para todo público. Nos interesa llegar a todo el mundo, escuchar qué les pasa a distintas generaciones con la obra, qué les interpela y qué preguntas se llevan. No hacemos teatro “para jóvenes” ni “para adultxs”, hacemos una obra que abre preguntas, que provoca, que dialoga. Y en ese diálogo, lo generacional aparece como un cruce hermoso, lleno de sentidos inesperados.
– ¿Qué lugar ocupa lo político en su trabajo artístico? ¿Se puede hacer teatro hoy sin tomar postura?
-Chiara: Lo político tiene un lugar importante en nuestro trabajo artístico porque en nuestras vidas también lo tiene. Vida y política y entonces arte y política están profundamente entrelazados. No concebimos nuestras vidas sin tomar postura, ni hoy ni nunca. Por ejemplo, cómo nos organizamos como colectivo (lo hacemos horizontalmente), cómo trabajamos con otras personas, con quienes priorizamos laburar, son todas decisiones políticas. El teatro lo pensamos como una trinchera desde la que resistir (como otras trincheras que también habitamos), como un lugar donde imaginar mundos posibles y ensayar la vida de forma colectiva. Nos encanta hacer teatro porque necesariamente se hace con otrxs, y eso es político. De todas formas, no creemos que el arte tenga que tener un claro mensaje político. Sí pensamos que el arte que nos interesa hacer y ver es el que se hace preguntas.
– ¿Qué futuro imaginan para el teatro independiente argentino en este contexto de ajuste y resistencia?
Camo: El teatro independiente va a seguir existiendo, como los bichos; florece justo cuando todo parece arrasado. Y vuelve y molesta y hace nido, resistiendo en la oscuridad, en los nichos, listo para salir y decir algo. Nos quieren hacer creer que es prescindible, pero siempre está. En este contexto hostil, imaginamos un teatro que se vuelve aún más necesario. Que contagia rabia, creatividad y deseo de encontrarnos. Que inventa nuevas formas para seguir diciendo. Que no se rinde y que, además de hacer, también lucha por su sostenibilidad y por el derecho a la cultura de todxs. Es una decisión imaginar un futuro que no sea solo caos y catástrofe, sino uno lleno de fuego, alegría y solidaridad. Como siempre lo fue: el teatro como espacio para contar historias, las que nos duelen, las que soñamos, las que todavía no escribimos.






